Presencia: la trampa de estar sin estar

Estar sin estar

 
 

Nunca olvidaré la lección que me dio mi hija Alba con tan solo dos años.

Como cada día, al llegar a casa después del trabajo, me gustaba —me gustaba mucho— jugar con mis hijos. Tirarme al suelo con ellos, dejar que se me treparan por encima, hacerles cosquillas, explorar sus juguetes. Momentos de calidad padre-hijos, podríamos pensar.

Una tarde llegué del colegio, los saludé con entusiasmo y, como solía hacer, me tumbé en el suelo para jugar. A mi lado, también en el suelo, estaba mi móvil. Estaba esperando un correo “importante” y cada pocos minutos mi mano iba hacia él, casi sin darme cuenta.
Cada vez que cogía el teléfono para deslizarme entre los correos, mi hija dejaba de jugar y me miraba fijamente.

A la tercera vez, Alba —con apenas dos años— me cogió la mano con la que sujetaba el móvil, me la bajó despacio, lo señaló con firmeza… y dijo:

NO.

En ese instante entendí algo que llevaba tiempo sin ver: estaba con ella, con ellos, pero no estaba presente.

Me alegro de que esa lección llegara tan pronto. De que me afectara tanto cuando mis hijos aún eran pequeños. Desde entonces, cuando estoy con ellos —hablando, cenando, jugando, viendo una película— el móvil no está cerca. Ni siquiera a la vista.

Porque entendí que no basta con estar.
Hay que estar de verdad.

¿Cuántas veces estamos… sin estar?

La escena que he descrito no es excepcional. No había gritos, ni enfados, ni pantallas brillando de forma obscena. Solo un padre cansado, un móvil a mano y la sensación —tan común— de que podía estar en dos lugares a la vez.

Con el tiempo he entendido que esta es una de las trampas más sutiles de nuestra época: creemos que estar físicamente cerca es suficiente, cuando en realidad nuestra atención está repartida entre urgencias que casi nunca lo son. Y los niños —en casa y en el aula— lo saben. Siempre lo saben.

La atención como elección

 
 

Los estoicos hablaban de prosoche para referirse a esta atención consciente a lo que hacemos y sentimos en cada momento. Una palabra sencilla para algo exigente: vivir atentos. Atentos a lo que pensamos, a cómo reaccionamos, a cómo estamos con los demás.

Se trata de ser conscientes de lo único que realmente está en nuestras manos: cómo respondemos a lo que ocurre, nuestra actitud en el momento presente.

La presencia no es un complemento de la crianza o la educación.
Es su fundamento.

Presencia y paternidad

 
 

Con el tiempo he aprendido que la presencia no tiene que ver con la cantidad de tiempo que pasamos con nuestros hijos, sino con cómo estamos cuando estamos. Puedo pasar toda una tarde en casa y, sin embargo, no haber estado con ellos ni cinco minutos. Estoy con ellos, sí, físicamente, pero la atención se escapa.

La paternidad nos enfrenta a una paradoja incómoda: queremos estar, pero llegamos cansados; deseamos escuchar, pero la cabeza sigue en el trabajo; buscamos calma, pero vivimos acelerados. Y en ese contexto, el móvil se convierte en una extensión natural de nuestra mano, una puerta siempre abierta a otro lugar. Nos roba tiempo, sí; pero, sobre todo, nos roba presencia.

Estas últimas vacaciones, con más tiempo y menos urgencias, lo volví a confirmar. No hicimos nada extraordinario: pasear, desayunar sin reloj, hablar sin prisa, juegos de mesa, películas. Y lo entendí de nuevo: no es el tiempo lo que me falta el resto del año, es la presencia. Porque cuando vuelvan el trabajo, las responsabilidades y el cansancio, la tentación será la misma de siempre: estar físicamente, pero con la atención en otra parte. Y la práctica —al menos para mí— no consiste en estar así siempre, sino en darme cuenta y volver.

Los niños no necesitan padres perfectos ni disponibles todo el día. Necesitan adultos disponibles por dentro: que sepan mirar sin prisa, escuchar sin corregir de inmediato, acompañar sin dirigir constantemente. La presencia no se mide en planes ni en actividades compartidas, sino en gestos pequeños: una mirada que sostiene, un silencio que acoge, una respuesta que no nace de la urgencia.

Desde una mirada estoica, criar es un ejercicio diario de atención y serenidad. No podemos controlar el estado de ánimo de nuestros hijos, ni sus reacciones, ni sus procesos. Pero sí podemos elegir cómo estamos nosotros cuando todo eso ocurre. Si estamos tensos, contagiamos tensión. Si estamos presentes, ofrecemos suelo firme.

Hoy sé que muchas de las lecciones más importantes no se transmiten con palabras. Se transmiten cuando bajamos el móvil, cuando dejamos a un lado todo lo demás, cuando decidimos —aunque sea por unos minutos— estar enteros. Porque para un hijo, sentirse visto no es un detalle: es la base desde la que aprende a mirarse.

Presencia y escuela

 
 

En la escuela ocurre lo mismo que en casa, solo que amplificado. La presencia —o su ausencia— del adulto no pasa desapercibida. Se nota en el clima del aula, en el tono de voz, en la manera de mirar, en cómo se entra por la puerta cada mañana. Antes de explicar nada, ya estamos educando.

A menudo hablamos de metodologías, de innovación, de recursos, de resultados. Pero rara vez hablamos del estado interno del docente. Y, sin embargo, un aula no se sostiene solo con programaciones bien hechas, sino con adultos capaces de estar. Porque los alumnos no reaccionan tanto a lo que se les dice como a cómo se les dice, ni aprenden solo de lo que se enseña, sino de cómo se está cuando se enseña.

Estar presente en la escuela no significa tener siempre la respuesta adecuada. Significa observar antes de intervenir, escuchar antes de corregir, sostener antes de exigir. Y entender que muchas conductas no piden castigo ni explicación, sino mirada y tiempo. Y eso exige algo incómodo: frenar el impulso de reaccionar de inmediato.

Cuando un docente está presente, empieza a ver mejor. Y cuando ve mejor, responde mejor. No solo a lo académico, sino a lo que cada alumno trae consigo: miedo, cansancio, necesidad de afecto, ganas de ser reconocido. La escuela también está para eso.

Desde que soy director, entrar al aula se ha vuelto un ejercicio consciente. No porque no quiera estar, sino porque mi cabeza suele venir cargada de otros asuntos: reuniones, conflictos, decisiones pendientes, urgencias que esperan fuera. A veces tengo que hacer un esfuerzo consciente para dejar todo eso en la puerta y estar de verdad con el grupo que tengo delante. Y lo curioso es que, cuando lo consigo, ocurre algo revelador: el aula deja de ser una obligación más y se convierte en mi balsa de calma dentro de la jornada. En medio del ajetreo que implica la dirección de un centro, estar presente con los alumnos es, muchas veces, el único lugar donde todo se ordena.

Desde una mirada estoica, educar es un ejercicio continuo de atención consciente. No controlamos el comportamiento del alumnado, ni sus emociones, ni el contexto familiar del que vienen. Pero sí podemos decidir desde dónde respondemos. Si entramos tensos, el aula se tensa. Si entramos presentes, el aula respira.

Quizá por eso la presencia del docente es, hoy más que nunca, un acto de resistencia. En un sistema acelerado, burocratizado y ruidoso, parar, mirar y escuchar es casi subversivo. No requiere recursos ni formaciones extra. Solo requiere decidir, cada día, no educar desde la prisa, sino desde la atención.

Al final, como en la paternidad, lo que más marca a un alumno no es lo que explicamos, sino cómo se sintió cuando estuvo con nosotros. Si se sintió visto. Si se sintió seguro. Si encontró en el adulto un lugar firme al que agarrarse.



La presencia no es un estado permanente ni una conquista definitiva. Se pierde. A menudo. Cada día.
La diferencia no está en no perderla, sino en darse cuenta y volver.

Volver a la conversación que tenemos delante.
Volver al alumno que nos mira sin decir nada.
Volver al hijo que no pide más tiempo, sino más atención.

Desde una mirada estoica, educar y criar no consiste en hacerlo todo bien, sino en elegir —una y otra vez— desde dónde respondemos. No siempre podremos cambiar lo que ocurre. Pero siempre podremos decidir cómo estamos cuando ocurre.

Quizá por eso la presencia sea uno de los actos más sencillos y, al mismo tiempo, más exigentes de nuestro tiempo. No se aprende en cursos ni se mide en resultados. Se practica en lo cotidiano, en lo pequeño.

Y al final, tanto en casa como en la escuela, tal vez la pregunta no sea qué más podemos hacer por los niños y niñas que acompañamos, sino algo mucho más incómodo y honesto:

¿Estoy realmente aquí?